Egeria, una aventurera del siglo IV en Tierra Santa

Dedicamos este artículo a Egeria, cuyo nombre ha inspirado el de nuestra página web.


Egeria, una gran dama de Occidente, fue a Jerusalén en 381; durante tres años, visitó todos los lugares santos del Medio Oriente cristiano, no solo en Palestina, sino también en Egipto, en el Sinaí, en Transjordania, en Siria. Desde Constantinopla, donde se detuvo después de su viaje, escribió a los corresponsales en Occidente la historia de su viaje, describiendo todos los lugares santos que visitó y, en particular, la liturgia que vio celebrar en los santuarios de Jerusalén.


Es uno de los escritos extremadamente raros que nos ha dejado la Antigüedad sobre una mujer. Una historia sabrosa, que revela una personalidad, una mina de información sobre los inicios de la peregrinación cristiana a Oriente, un testimonio importante del latín hablado en el siglo IV. Egeria suplantó gradualmente a Etheria como la forma exacta del nombre de la peregrina. En efecto, la tradición (seis manuscritos divididos en dos familias) lo presenta en cinco formas diferentes: "Egeria", "Eiheria", "Echeria", "Heteria" o "Etheria", pero "Egeria" es la única que cumple en las dos familias del texto.


Escucha el podcast (en francés) : Égérie, première pèlerine en Terre Sainte, Pèlerin, 17min, 15/05/2019


Extractos de su diario de viaje

(Viaje de Egeria, edición de Carlos Pascual):


Llegada al Sinaí

[Sábado 16 diciembre de 383]

[...] Reanudando nuestra expedición, llegamos a un paraje en el que las montañas por entre las cuales discurríamos se abrían y configuraban un valle dilatado, completamente alisado y sumamente placentero. Al fondo de la vaguada se erguía el monte santo de Dios, el Sinaí. El lugar donde los montes se apartaban se halla contiguo al enclave en que se encuentran las «Tumbas de la Concupiscencia»18 . Cuando se llega a este punto, es costumbre, según nos previnieron los venerables guías que nos acompañaban, que quienes lo alcanzan, y divisan desde allí por vez primera el monte santo de Dios, se recojan en oración. Eso es lo que nosotros hicimos. Habría desde este lugar hasta el monte de Dios unas cuatro millas, pues ya dije que se trata de un valle espacioso.


Es, en efecto, una inmensa vaguada que se ciñe al piedemonte y que puede tener —según pudimos estimar a simple vista y por lo que nos decían— unos dieciséis mil pasos de longitud por unos cuatro mil de anchura, según calculaban. Teníamos que atravesar el valle antes de poder iniciar el ascenso al monte. En esta depresión amplia y lisa fue donde acamparon los hijos de Israel durante aquel tiempo en que el santo Moisés subió a la montaña del Señor, permaneciendo en ella por espacio de cuarenta días y cuarenta noches. Es este también el valle donde se fabricó el becerro de oro; hoy día se sigue mostrando ese lugar exacto, ya que se conserva hincada en dicho punto una enorme roca.

Y se trata asimismo del valle a cuya entrada se encuentra el lugar en el que Dios habló repetidas veces, desde la zarza ardiendo, al santo Moisés, mientras este apacentaba los rebaños de su suegro. Como el mejor itinerario a seguir parecía ascender a lo que se ve desde esta parte de la montaña de Dios, ya que bordeando por donde veníamos teníamos la mejor subida, y luego desde allí descender de nuevo a la cabecera del valle, es decir, adonde se encontraba la zarza, pues por allí era por donde mejor se podía bajar del monte de Dios, nos pareció el más conveniente el siguiente plan: después de ver todo cuanto deseáramos, descenderíamos de la montaña y nos llegaríamos hasta el lugar de la zarza, y desde allí, atravesando por medio de la hoya en toda su longitud, reemprenderíamos el camino con aquellos hombres de Dios que nos irían mostrando, a lo largo del valle, cada uno de los lugares mencionados por las Escrituras.


Y así es como hicimos. Alejándonos, pues, del punto en que, procedentes de Farán, nos habíamos detenido a hacer oración, nuestros pasos se adentraron a través de la cabecera del valle, acercándonos así al monte de Dios. La montaña, vista de lejos, parece ser una sola, pero una vez que te internas en ella, vas descubriendo cimas diversas, si bien es todo el conjunto lo que se llama Monte de Dios. Aunque de manera especial se llama así a un pico que se halla en medio de todos los demás y en cuya cúspide se encuentra el lugar exacto al que descendió la majestad de Dios, según rezan las Escrituras.


Aunque todos los promontorios que hay en derredor son tan elevados como yo no creo haber visto jamás, el que está en medio, y al cual descendió la majestad divina, es tan superior a todos los otros que, cuando alcanzamos su cima, todas aquellas montañas que nos habían parecido tan encumbradas se extendían ahora a nuestros pies como si se tratara de humildes collados.


Hay una cosa digna de admiración, que yo creo solo puede deberse a un prodigio divino, y es que ese monte que se encuentra en medio de los otros, y al que se llama Sinaí de manera singular, es decir, aquel sobre el cual descendió la majestad de Dios, ese monte, digo, no resulta sin embargo visible a menos que te acerques hasta su mismo pie; eso, antes de ascenderlo. Una vez que, satisfechos tus deseos, desciendes de él, entonces y solo entonces puedes contemplarlo de frente, cosa que resulta imposible antes de escalarlo. Yo conocía ya esta particularidad antes de que llegáramos a la montaña del Señor, pues algunos hermanos me habían hablado de ello y, tras mi visita, pude comprobar que, efectivamente, así ocurría.


Emanuelle Pastore

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